viernes, 12 de agosto de 2011

Señor, ten Piedad de mí


Evangelio según San Mateo 15,21-28.

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".

Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.
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Los tiempos que corren son agitados, y el deseo más profundo de cada uno de nosotros es liberarnos de aquello que nos abruma y nos hace el caminar por la vida más pesado. El evangelio de la liturgia de este domingo, nos narra el encuentro de Jesús y sus discípulos con una mujer de origen pagano (cananea), que se acerca a ellos para pedir la sanación de su hija. Los constantes gritos de la mujer molesta a los discípulos que piden a Jesús que la atienda para que no los siga molestando con sus gritos. El Señor examina la fe de la mujer, hasta darse cuenta de lo grande y fuerte que es la fe de la mujer cananea.


La oración de la mujer: “Señor, Hijo de David, ten piedad de mí”, es un reconocimiento de la divinidad de Jesús, es el Señor; por otra parte de que tiene el poder para sanar y liberar a su hija, ya que es el descendiente del rey David; la mujer pide que tenga piedad, no lástima de su hija, sino que la salve como lo ha prometido el profeta Isaías (1ªlectura), quien exige que se observe el derecho y que se practique la justicia, también para los extranjeros.


También hoy no debemos perder la fe de que nuestros gritos de justicia, de dignidad, y de mayor igualdad llegan al cielo y son escuchados por el Dios de la Vida y de la Paz. Hagamos votos para que también sean escuchados por quienes correspondan, aquí en la tierra, de manera de reencontrar los caminos del diálogo y del entendimiento, que tanto se necesitan hoy en nuestro país. Buen domingo.


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