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viernes, 8 de abril de 2011

Jesús es la Resurrección y la Vida


Evangelio según San Juan 11,1-45.

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo". Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella". Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea". Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?". Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él". Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo". Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará". Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo". Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas". Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día". Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?". Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo". Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama". Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto". Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: "¿Dónde lo pusieron?". Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás". Y Jesús lloró.

Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!". Pero algunos decían: "Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?". Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto". Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?". Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado". Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!". El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.
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El evangelio de este domingo, nos relata la resurrección de Lázaro por parte de Jesús. Este Lázaro tenía dos hermanas: Marta y María, y eran los tres amigos de Jesús. El Maestro llega cuando Lázaro lleva cuatro días muerto y a su llegada se producen diálogos con las hermanas. Primero es Marta que sale al encuentro de Jesús y le reclama por no haber estado cuando su hermano murió, pero de todas formas pone su confianza en Él.


Jesús así como la Samaritana, y con el ciego de nacimiento (evangelios de los domingos anteriores) la coloca frente a la pregunta de la fe: “¿Crees que Yo soy la Resurrección y la Vida?”. También esta pregunta es para nosotros hoy: ¿creemos en el Señor de la Vida?, ¿creemos en Jesucristo?. Este es el misterio central de nuestra fe cristiana, como dirá san Pablo, “si Cristo no resucitó, en vano es nuestra fe” (1Cor 15,17). En estos tiempos de crisis en la Iglesia, debemos retornar al origen y centro de nuestra fe, para con sencillez retomar el camino humilde de Jesús, que murió y resucitó por nosotros. Somos discípulos de un Señor que ha querido compartir la vida de la humanidad, el Dios de Jesucristo no es un Dios lejano, distante e insensible, sino que se acerca y está presente en medio de los hombres y mujeres de toda época. El relato del evangelio dice que cuando Jesús se acerca al sepulcro de su amigo, se conmueve y llora, el Hijo de Dios llora y comparte nuestro dolor, es el reflejo de la pasión de Dios por la humanidad.


Una última reflexión a partir del evangelio de hoy, Marta se acerca a su hermana María y le dice: “el Maestro está aquí y te llama”, también ella sale al encuentro de Jesús. Este llamado íntimo se hace también hoy vigente para cada uno de nosotros, el Señor está aquí y nos llama a cada uno, para que nos encontremos con Él, la presencia de Jesús Resucitado, está en medio de su pueblo y de su Iglesia, y espera nuestra respuesta positiva, en la oración, en la Eucaristía, y en nuestra vida cotidiana.

jueves, 31 de marzo de 2011

Ver con los ojos de la fe


Evangelio según San Juan 9,1-41.

Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?". "Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.
Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo". Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?". Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". El decía: "Soy realmente yo". Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?". El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi". Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé". El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo". Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta". Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?". Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta". Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él". Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador". "Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo". Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?". El les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?". Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este". El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada". Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?". El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?". Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando". Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él. Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven". Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?". Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".
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Se nos presenta este domingo para nuestra meditación, el pasaje del evangelio de Juan, que relata la curación del ciego de nacimiento. El texto es uno de los signos prodigiosos que Jesús realiza, pero más allá del hecho mismo de la curación, detengamos nuestra atención en el texto para captar su mensaje para nosotros hoy. El encuentro del Señor con el ciego nos recuerda aquel encuentro con la samaritana que hemos meditado la semana pasada, Jesús devuelve la dignidad a las personas con las que se encuentra. El encuentro con el Cristo que salva, es lo primordial.


Para sanarlo Jesús escupe en tierra y hace barro que coloca en los ojos del ciego, este gesto nos hace pensar en el acto de la creación, cuando Dios crea al ser humano del barro, Jesús quiere salvar al hombre, quiere re-crearlo, y le manda lavarse en la piscina de Siloé (“enviado”), lo cual es también muy significativo, porque el enviado es el mismo Señor Jesús.


El ciego, que ahora ve por la acción del Señor, podemos ser cada uno de nosotros que camina por la vida sin ver. En el texto del evangelio todos interrogan y cuestionan a este hombre, algunos porque no creen que es el mismo ciego que mendigaba, y los maestros de la Ley le preguntan sobre cómo es que ha llegado a recuperar la vista. A ellos no les interesa la persona, ni menos se alegran con él de que ahora pueda ver, están tan “cegados”, por sus intereses y ambiciones que no logran captar lo central de la salvación que Jesucristo nos trae. El hombre da simplemente testimonio de que “antes era ciego y ahora veo”, y reconoce que quien le devolvió su vista es un profeta.


Aún le falta sin embargo dar un salto más allá que el simple ver por los ojos del cuerpo. Necesita dar el paso de la fe. Una vez que fue expulsado por los fariseos, se encuentra nuevamente con el Señor, éste le pide una profesión de fe: “¿crees en el Hijo del Hombre?”, y al reconocerlo como aquel que lo ha sanado, exclama:”creo Señor”, y se postra ante él. Ahora sí que el hombre se encuentra totalmente salvado y liberado de todas sus ataduras. Jesús le ha devuelto la dignidad, la salud y la fe.

jueves, 24 de marzo de 2011

Jesús, libera de los prejuicios


Evangelio según San Juan 4,5-42.

Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber". Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".
"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".

Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".

"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla". Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí". La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad". La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar". Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad". la mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".

Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".

En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?". La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: "Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?". Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro". Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen". Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?". Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra. Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: 'no siembra y otro cosecha' Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".

Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice". Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".
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Un día que Jesús pasaba por el territorio de Samaría, entró con sus discípulos a un pueblito, y mientras ellos iban a buscar alimentos, él se sentó junto al pozo de Jacob, una mujer se acerca y comienza un diálogo lleno de vida y de respeto. Jesús se hace necesitado y le pide agua a ella. ¿cómo es posible que siendo judío le pida agua?. También los discípulos se ven extrañados de que converse con ella, ya que era samaritana.

En los tiempos de Jesús, los samaritanos eran vistos como un pueblo de segundo grado, aunque también creían en el mismo Dios. Además la mujer tenía ciertas funciones en la sociedad restringidas, por lo que no podía conversar con un maestro, como se le consideraba a Jesús, y de ahí la extrañeza de los discípulos y de la propia mujer.

Sin embargo Jesús quiebra estas fronteras humanas, que limitan el mensaje de Dios que Jesús venía a proclamar. Para Jesús no hay límites entre las personas, por eso promete a la mujer un agua viva que sólo él puede dar y que da Vida eterna.

Jesús devuelve la dignidad a la mujer, que era postergada no sólo por ser mujer, sino por ser samaritana, le devuelve la dignidad que sus maridos no habían podido darle. La invitación a la alabanza universal a Dios en espíritu y verdad, es para todos. Jesús es el Cristo, el Señor de la historia y del universo, por quien todo fue hecho, el que nos da el agua viva que nos da la Vida eterna.

En este tiempo en que la Iglesia, pierde credibilidad por abusos cometidos por algunos de sus miembros, el Señor nos invita a sentarnos humildemente al borde del pozo de la humanidad, con sus alegrías y sufrimientos, a dialogar, escuchar y pedir perdón, y adorar al Dios de la Vida, en espíritu y verdad con toda la creación, respetando a todos los seres humanos, sobrepasando los límites mundanos que nos dividen, tanto de raza, género, religión, social y político, buscando la fraternidad universal que nos conduzca a la paz.


miércoles, 16 de marzo de 2011

Déjense levantar, no tengan miedo




Evangelio según San Mateo 17,1-9.

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".

Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Déjense levantar, no tengan miedo". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".
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Este domingo, segundo de cuaresma se nos ofrece el texto de la Transfiguración del Señor, según el evangelista Mateo. La experiencia vivida por los tres discípulos que acompañaron a Jesús al monte Tabor, es una experiancia de encuentro íntimo con el Señor, que dificilmente se puede expresar con palabras, porque es una experiencia mística.

Según el relato del evangelio: “su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”. Ante la presencia del rostro del Señor transfigurado, también los discípulos resplandecen en su mirada. Fijar los ojos en el rostro del Señor se transforma en una fuente riquisima de nuestra espiritualidad cristiana, es a donde debemos tender en nuestro seguimiento cristiano, reflejar en nosotros la presencia de Jesús, también nosotros debemos transfigurarnos con Él.

“Que bien es que estemos aquí”, es la expresión de Pedro ante esta manifestación gloriosa del Señor, que bueno, que bello es estar en la presencia de Dios, que bien es vivir en su Gracia, que bien vivir en comunidad. Pero no solamente se trata de ver el rostro de Jesús y de contemplarlo, sino es muy importante escucharlo. Esta es la Palabra de Dios Padre que baja desde el Cielo: “escúchenlo”. Es precisamente este tiempo de Cuaresma un tiempo de escuchar la Palabra de Dios, especialmente en la Biblia.

Los discípulos que se habían asustado ante estas palabras del Padre Dios, y habían caído rostro en tierra, son invitados por Jesús a dejarse levantar por Él, y a no tener miedo. Creer en Jesús significa dejarme llevar por el Espíritu, pero en libertad y sin miedo. La persona libre no tiene miedo, el verdadero creyente camina en la confianza de un Dios que es amigo del ser humano.

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Pidamos en especial es estos días por nuestros hermanos del Japón que sufren por el terremoto y tsunami que han sufrido la semana pasada.



jueves, 10 de marzo de 2011

JESÚS NUESTRO MODELO


Evangelio según San Mateo 4,1-11.

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.

Y el tentador, acercándose, le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes". Jesús le respondió: "Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".

Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra". Jesús le respondió: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme". Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".

Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.
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El miércoles recién pasado comenzó la Cuaresma, con la celebración de Cenizas, en donde con el signo de la ceniza en nuestra cabeza, se nos ha recordado la necesidad permanente de conversión y de creer en Jesucristo y en su evangelio. La Cuaresma es un tiempo de cuarenta días que recuerdan los cuarenta dias de ayuno que hizo Jesús en el desierto impulsado por el Espíritu.

El relato de las tentaciones de Jesús en el desierto, que aparecen en el evangelio de Mateo, son las tradicionales y más conocidas: la de convertir las piedras en pan; la de lanzarse al vacío, esperando que los ángeles lo salven; y la tentación de la riqueza y de dominio.

Una vez más la actitud de Jesús nos ayuda a nosotros en nuestro propio camino espiritual. ¿qué hacer frente a las tentaciones?, ¿cuáles son nuestras propias tentaciones?, y finalmente, ¿qué hizo Jesús ante las tentaciones?. Antes de responder a esta última pregunta, es importante hacer notar que Jesús se muestra dispuesto a aceptar las tentaciones, como dice el texto del evangelio: fue llevado por el Espíritu al desierto, en donde es tentado por el demonio. Jesús se deja llevar por el Espíritu, porque es un hombre libre y por lo tanto disponible a la voluntad de Dios, aunque esto signifique ir al desierto.

Ahora, ¿Cómo afronta las tentaciones?, aunque viene cierto que ante cada tentación tiene una respuesta distinta, las tres tienen un denominador común: “está escrito”, su respuesta está fundamentada en la misma Palabra de Dios: “no sólo de pan vive el hombre”, “no tentarás al Señor”, “Adorarás al Señor”. Más allá de los textos bíblicos -porque también el Diablo cita un texto bíblico- la clave está en el proyecto de vida en Dios, que Jesús tiene y nos propone, esto es lo principal: aferrarse a Dios y su Palabra, lo demás vendrá por añadidura. No sacamos nada desgastarnos de luchar frente a cada una de las tentaciones a la vez, lo importante es estar unidos a Dios, Él nos dará la fuerza y la sabiduría para afrontar cada uno de nuestras tentaciones y problemas.

Que este tiempo de Cuaresma que se inicia, como preparación a la Semana Santa, sea un tiempo de unirnos al Señor en la oración, y en la lectura de la Biblia, y que nuestra solidaridad activa sea signo de ese encuentro con Él.


Cordero de Dios

EVANGELIO Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo +  Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 29-34 Juan Ba...