Evangelio según san Juan 12, 20-33
(Jr 31,31-34; Sal 50, 3-4.12-15;Heb 5, 7-9)
En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este. mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»
Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.» La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
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Hemos llegado al último domingo del tiempo de Cuaresma, y estamos
ad portas de la semana Santa. Las lecturas del domingo nos preparan
espiritualmente para este tiempo tan importante para los católicos. El profeta
Jeremías proclama una Nueva Alianza que Dios hará con su pueblo, una Alianza
que se establecerá en los corazones: “Yo
seré su Dios, y ellos serán mi Pueblo-dice el Señor-“(Jer 31, 31-34). Para
esto es necesario purificar el corazón, en donde sólo Dios puede crear en
nosotros un corazón nuevo, como lo expresa el salmo 50 (3-4.12-15). La Alianza
nueva y eterna se consuma en el sacrificio obediente de Cristo en la Cruz, alcanzando
la perfección, y llega ha ser así causa de salvación eterna, para lo que
obedecen en la fe (Hebreos 5, 7-9).
El texto del evangelio de Juan (12, 20-33), nos muestra a Jesús
declarando que ha llegado su hora. La Hora de Cristo es la de la Cruz, pero
también de la Resurrección. Es la hora del triunfo de la Vida sobre la muerte,
de la Luz por sobre las tinieblas. Es la Hora crucial en que el grano de trigo
que cae en la tierra, con su muerte da mucho fruto. El querer “ver” a Jesús
(como piden unos griegos a los discípulos), significa reconocer todo el camino
de Jesús, en su glorificación, pero también en su sacrificio.
En estos tiempos difíciles para nuestra Iglesia, que podamos
volver nuestros ojos a Jesús crucificado, muerto por nosotros, para que con Él
podamos resucitar a una Vida más plena, con más coherencia y transparencia. Mi
oración y cercanía al pueblo de Dios que camina en la hermana diócesis de
Osorno, por los difíciles momentos que les ha tocado vivir en estos días. Buen
domingo.
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