viernes, 16 de enero de 2026

Cordero de Dios



EVANGELIO

Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería, cuando dije: 

Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel”.

Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo”.

Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios”.

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El inicio del tiempo llamado ordinario en la liturgia de la Iglesia, que comenzó hace una semana con la fiesta del bautismo del Señor, se nos quiere presentar la figura de Jesús como centro de la misión de la Iglesia: es decir, mostrar a Jesús como el Señor.


El evangelio de Juan (1, 29-34) que se le leerá en la liturgia dominical, hace una presentación de Jesús con un gran título cristológico que usamos en cada celebración eucarística: “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Es Juan Bautista quien al ver acercarse a Jesús lo señala con este título a sus propios discípulos. Juan da testimonio de lo que ha visto en el momento del bautismo: “he visto al Espíritu descender del Cielo en forma de paloma y permanecer sobre él”. Es una alusión al cordero sacrificado en el Templo de Jerusalén cada día para la expiación de los pecados del mundo, y nos recuerda la misión final de Jesús en el mundo: derramar su sangre de una vez y para siempre para la salvación de la humanidad. Es lo que recordamos en cada Eucaristía (Misa), por eso al presentar el Pan y el Vino consagrado al Pueblo de Dios se canta o se reza: “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo ten piedad de nosotros...danos la paz”, y el sacerdote proclama: “Este es el Cordero de Dios, el quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a esta cena”, y la asamblea responde:”Señor, no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”, aquella fórmula de fe del centurión romano. (Mt 8,8-9).


La fisonomía de Cristo se completa este domingo con la lectura del profeta Isaías (49,3-6), que habla del Cristo como quien ha sido constituido como Servidor, y más aún, como «Luz de las naciones». Si unimos lo anterior con la carta de san Pablo (1Cor 1,1-3), que se presenta como apóstol de Jesucristo, «Señor», nuestra celebración se reviste de un marcado carácter cristológico. Todo ello nos indica que hoy, más que nunca, la homilía no versará tanto sobre un «tema», cuanto sobre una persona: Jesucristo.  

viernes, 12 de diciembre de 2025

La alegria ya viene


Juan Bautista, desde la cárcel, manda a dos de sus discípulos donde Jesús para preguntarle: “¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. Jesús les responde con los signos que prodigaba: los ciegos ven, los leprosos son purificados, los paráliticos caminan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. Estos son los signos que prueban a Juan y a todos que Jesús es el esperado.


¿Qué esperamos nosotros hoy?. En una jornada de elecciones presidenciales como la que vivimos este domingo, muchas veces las opciones políticas pueden aparecer con ciertos rasgos mesiánicos frente a los desafíos que enfrenta el país. Además por la polarización imperante se acrecienta no sólo el ver como la mejor opción la de cada uno, sino que se ve como una desgracia terrible la posibilidad del triunfo de la opción diferente.


Para los cristianos, independiente de la propia opción política, nuestro horizonte debe ir más allá de una elección presidencial.”Tengan paciencia, hasta que llegue el Señor”, nos recuerda el apóstol Santiago en la segunda lectura de la liturgia dominical. Porque es el Señor el que viene a salvarnos, como repetiremos en la antífona del salmo 145.


Por eso en la tradición litúrgica de la Iglesia, el tercer domingo de Adviento, es conocido como el “domingo de la alegria”, no sólo por la cercanía de la fiesta del nacimiento de Jesús (Navidad), sino porque su presencia es la que verdaderamente transforma nuestras vidas. Por tanto, la alegría cristiana brota de esta certeza:  Dios está cerca, está conmigo, está con nosotros, en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, como amigo y esposo fiel. Y esta alegría permanece también en la prueba, incluso en el sufrimiento; y no está en la superficie, sino en lo más profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en él.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Dios de vivos, no de muertos


+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 20, 27-38

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: Maestro, Moisés nos ha ordenado: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?

Jesús les respondió: En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.

Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él.

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El evangelio de este domingo (Lc 20, 27-38) un grupo que no creía en la resurrección de los muertos (los saduceos), quiere colocar en aprietos a Jesús con un caso propio de la época y con las leyes de ellos. Jesús aprovecha para anunciar como es esta verdad de fe: la resurrección no es una simple prolongación de esta vida con sus necesidades, sino un estado de vida absolutamente pleno, porque ya no habrá más necesidades por satisfacer.


En Jesús, Dios nos da la Vida eterna y para todos. Quienes creen en él mantienen la esperanza de una vida aún más verdadera que la actual. He aquí que Jesús afirma: “Dios no es de los muertos, sino de los vivos, para que todos vivan en Él”. Esta es una ligación definitiva; la alianza fundamental es aquella con Jesús; él mismo es la alianza, él mismo es la Vida y la Resurrección, porque con su amor crucificado ha vencido a la muerte. De este modo la respuesta de Jesús es luminosa y decisiva, porque pone en evidencia la idea errada que los saduceos tienen de la resurrección, pues la resurrección final no es el retorno a la vida terrena, sino una vida completamente nueva de relación con Dios. Nuestra condición humana será totalmente transformada, ya que disfrutaremos de una plenitud liberadora.


Jesús, de hecho, afirma que después de la resurrección seremos como ángeles; por tanto, tendremos una existencia espiritual, pero con un cuerpo resucitado. Como creyentes, debemos comprender que la Vida eterna no es una reproducción mejorada hasta el infinito de la vida actual, sino que es la plenitud de la vida que recibimos como don de Dios.

jueves, 30 de octubre de 2025

De santos y difuntos




Este fin de semana “largo” como se suele decir cuando coinciden los feriados y se agrega un día más al sábado y domingo normal, la Iglesia celebra dos fiestas litúrgicas importantes: el 01 de noviembre la solemnidad de Todos los Santos y el 2 de noviembre a los todos los fieles difuntos. La liturgia de ambas son distintas, en sus lecturas y oraciones. La tradición más propia nuestra, es que las familias visiten a sus familiares difuntos en los cementerios, aprovechando los dias feriados. Pero ¿hay alguna relación entre todos los santos y todos los fieles difuntos?.


La Iglesia celebra a todos los santos y reza por los fieles difuntos, el 1 de noviembre miramos al cielo y celebramos a todos los santos, conocidos y desconocidos. A los que ya están en los altares y tantos cristianos que tras una vida según el evangelio, participan de la bienaventuranza eterna en el cielo. Son nuestros intercesores y modelos de vida. El Papa Francisco escribió en 2018 una exhortación apostólica (“Gaudete et exultate”), sobre la llamada a la santidad en el mundo actual y nos recordaba que la santidad está dirigida a cada uno de nosotros, la santidad -nos decía el Papa- es el rostro más bello de la Iglesia. Por su parte, rezar por los difuntos es una tradición muy antigua, del comienzo de la Iglesia, e incluso ya en el Antiguo Testamento. Desde hace siglos se ofrecen Eucaristias (misas) por los difuntos, pero es desde el siglo X que se comenzó a celebrar la misa en un día concreto (dos de noviembre) pidiendo por todos los fieles difuntos.


Cada vez que celebramos la misa, en el momento de la plegaria eucarística, después de la consagración, la Iglesia en su oración, manifiesta una realidad profunda: celebramos la eucaristía en comunión no sólo con la Iglesia peregrina en la tierra (pedimos por el Papa y el obispo), sino también con la Iglesia triunfante en el cielo: pedimos por los santos; y por aquellos cristianos, hermanos nuestros, que habiendo dejado ya este mundo puedan necesitar de purificación para entrar en la alegría del cielo. Por ellos pedimos en el día de los fieles difuntos.

viernes, 10 de octubre de 2025

La fe nos salva

 



EVANGELIO

Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 17, 11-19

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!

Al verlos, Jesús les dijo: Vayan a presentarse a los sacerdotes. Y en el camino quedaron purificados.

Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.

Jesús le dijo entonces: ¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?  ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero? Y agregó: Levántate y vete, tu fe te ha salvado.

Palabra del Señor

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Podemos preguntarnos hoy ¿de qué nos sirve la fe?. En los tiempos que corren, llenos de afanes y necesidades urgentes, la idea de la fe y especialmente la fe en Dios puede parecer distante e inutil. No sólo por el materialismo o el individualismo, sino que también por la grave crisis de esperanza que sufre el mundo en medio de guerras, injusticias y violencias.No en vano el Papa Francisco, quiso dejarnos para este año jubilar 2025, la esperanza como la virtud que nos debe mover en medio de las injusticias y desesperanzas del mundo actual.


El evangelio de este domingo (Lc 17, 11-19) nos relata que yendo de camino a Jerusalén, salen al encuentro de Jesús diez leprosos, que al verlo de lejos invocan la misericordia del Señor: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Él los envia a presentarse a los sacerdotes del templo, esto quiere decir que los sanará de su enfermedad ya que es la normativa de Israel, en los casos de curación de un leproso, ir a presentarse al sacerdote para que este certifique la curación y pueda ser reintegrado a la convivencia civil y ritual. Efectivamente, mientras van de camino quedan purificados de su enfermedad, pero sólo uno vuelve donde Jesús agradecido, es un samaritano, un extranjero como eran considerados por los israelitas en los tiempos de Jesús. Este hombre vuelve alabando a Dios, y agradeciendo a Jesús y se postra delante de él.


Jesús pregunta por los otros nueve: ¿qué pasó con ellos?. Es posible que sanarán y que cumplieran con las normativas rituales, previstas en estos casos. Pero sólo el samaritano, entendió que para alabar a Dios, debe agradecer y reconocer a Jesús como su Señor y salvador. “Tu fe te ha salvado”, le dirá al final Jesús. Buscamos felicidad, reconocimiento, sanación, pero sólo la fe en Cristo nos dará la salvación. Esta es la enseñanza del evangelio de este domingo.

domingo, 21 de septiembre de 2025

Dios y el dinero




Estamos acostumbrados a escuchar en las noticias casos de corrupción, de fraudes y de sinverguenzuras, esto lastimosamente ya no es novedad y ya casi que no nos llama la atención. Esto provoca una cierta desafección a lo público en general y lo político en particular, esto especialmente en tiempos electorales como los que vivimos en Chile. Cada año en los Te Deum de fiestas patrias nuestros pastores volverán sobre este importante ítem, junto con otros también de gran relevancia.


El evangelio de este domingo (Lc 16, 1-13) es el que corresponde a este domingo del tiempo ordinario litúrgico que celebramos, pero que nos coincide con las fiestas patrias de nuestro país. ¿De qué trata la parábola de este domingo?. Un hombre rico tenía un adminstrador que fue acusado de malgastar sus bienes, este señor entonces, decide despedirlo. Pero el administrador antes de irse piensa en lo que hará después, y decide realizar un último fraude, cambia los valores de las deudas de los clientes de su patrón en su favor, nada nuevo bajo el sol. Pero la parábola termina con una frase desconcertante:”el señor alabó a este adminstrador deshonesto, por ser haber obrado tan hábilmente”. ¿Es que Jesús alaba este tipo de conductas deshonestas?. Claro que no, más bien hace hincapié en la habilidad que se tiene para manejar los dineros injustos, pero no así con los bienes supremos y eternos de nuestra salvación. No es que el dinero sea injusto y malo en sí mismo, es un valor que también ayuda a dar dignidad al trabajo del ser humano, y sirve para el progreso de los pueblos, pero muchas veces son causa de injusticias de diferente tipo.


Puede ser una lectura que nos ayude a reflexionar sobre nuestra relación con el dinero. Existe, claro está, una injusticia directa cuando hay robo, fraude, engaño, en especial cuando se abusa de los más débiles, ya lo denunciaba el profeta Amós (primera lectura) con estas palabras : “disminuiremos la medida, aumentaremos el precio, falsearemos las balanzas para defraudar”; pero también existe una injusticia indirecta, cuando somos egoístas, que aunque no dañamos directamente al prójimo, nos olvidamos de sus necesidades; y finalmente nos podemos también agobiar por los bienes de este mundo, olvidando poner nuestra fe en la Providencia.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Volver a Dios


La parábola del hijo pródigo (Lc 15) nos presenta uno de los retratos más bellos del corazón de Dios. En el hijo menor descubrimos nuestras propias huidas y rebeldías. Como él, muchas veces buscamos la libertad lejos de la casa del Padre, pensando que la vida será más plena sin límites ni compromisos. Pero la experiencia nos enseña que, cuando se rompe la relación con Dios, todo se vacía, todo se pierde, y la supuesta libertad se convierte en esclavitud. El hijo menor toca fondo, pero en medio de su miseria recuerda que en casa del Padre había pan, y esa memoria es la chispa de su conversión: levantarse, volver y reconocer su pecado.

El centro de la parábola, sin embargo, no es el hijo que se equivoca, sino el Padre que nunca se cansa de esperar. Cuando lo ve de lejos, corre a su encuentro, lo abraza y lo besa, como si el tiempo de distancia y de pecado no existiera. El Padre no lo recibe como siervo, sino que le devuelve la dignidad de hijo con vestido nuevo, sandalias y anillo. Lo que mueve al Padre no es la justicia que castiga, sino la misericordia que perdona y hace fiesta. Ese es el rostro de Dios que Jesús nos quiere revelar: un Dios que corre hacia nosotros cada vez que damos un paso de regreso.

El hijo mayor nos muestra otro riesgo: vivir en la casa del Padre, pero con un corazón lejos de Él. Cumple sus deberes, pero sin alegría, sin sentirse realmente hijo. Se indigna porque el perdón se da al hermano que no lo merece y se encierra en la lógica del mérito. También a él el Padre sale a buscarlo, para invitarlo a entrar en la fiesta. La parábola queda abierta porque depende de nosotros decidir si nos unimos a la alegría del Padre o nos quedamos fuera, encerrados en la envidia y en la dureza de corazón.

El mensaje de esta parábola es claro: todos necesitamos volver a Dios, todos estamos invitados a experimentar su misericordia, y todos debemos aprender a alegrarnos del perdón que reciben los demás. El mayor pecado no es haberse alejado, sino no querer entrar en la fiesta del Padre. La invitación de hoy es abrir el corazón, dejarnos abrazar y vivir como hijos que celebran la vida nueva en la casa del Padre.


Cordero de Dios

EVANGELIO Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo +  Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 29-34 Juan Ba...