El miedo es “una sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario o un sentimiento de desconfianza que impulsa a creer que ocurrirá un hecho contrario a lo que se desea”. Estas son las definiciones que podemos encontrar en cualquier diccionario sobre el miedo.Tiene como sinonimo, el temor, el terror, el pavor, la cobardía, y otros conceptos a los cuales podemos asociar.
En los tiempos que vivimos muchos miedos se empiezan a manifestar más claramente: a enfermarse, a estar solos, a no ver a los seres queridos, a la cesantía, al hambre, a la muerte. Normalmente no se habla de los miedos abiertamente, sino con aquellas personas que nos merecen mayor confianza. Los miedos pueden mostrar nuestras debilidades más profundas. En una sociedad competitiva y que busca el éxito, el mostrar los flancos más débiles no está contemplado como estrategia. Tal vez la pandemia que padecemos nos ayuda a sincerar nuestros miedos y debilidades, que siempre han estado ahí.
Los miedos nos paralizan, y tienen en común la inseguridad, la falta de confianza en sí mismo, muchas veces la falta de confianza en los demás, en nuestras instituciones, y muchas veces también la falta de confianza en la Gracia de Dios. El evangelio de este domingo (Mt 10, 26-33), es un llamado a no tener miedo y a depositar nuestra confianza en Dios. Jesús, sin embargo no habla de una confianza ingenua o una imprudencia temeraria, sino a estar concientes de los peligros y amenazas que existen en el mundo. En estos tiempos de emergencia sanitaria confiamos en Dios, pero también estamos llamados a actuar con prudencia y criterios en nuestras acciones.
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